1. LA NAVIDAD,
REGALO PARA CONTEMPLATIVOS
La Navidad invita a contemplar a Dios en lo insospechado,
lo inaudito, lo incomprensible, lo inesperado. Uno podría esperar a Dios
viniendo en gloria sobre las nubes como un guerrero, o naciendo en un Palacio
desde el cual imponer el reino de su Padre. Pero no lo hace así. Estamos ante
un Dios que se oculta a la mirada de los poderosos y bien educados, escondido a
los sabios de este mundo, esquivo a los teólogos y huidizo a los escudriñadores
de profecías.
Descubrir (ver, contemplar) su presencia sólo va a ser
posible para los pobres, para aquellos que han realizado el camino del
desapego, para los meditadores que en quietud y silencio se han despojado de su
mirada analítica, calculadora, interesada y previsible.
La Navidad trae consigo un giro en la “visión de Dios”. El peregrino que
camina hacia Él se admira al saber que es Él quien viene a su encuentro; es
más, descubre que siempre ha estado con
él en su camino: “¿Tanto tiempo con
vosotros y aún no me conoces, Felipe? (Jn 14,9). El temeroso de Dios se
sorprende al ver que sus miedos ante un Dios juez terrible se disipan junto al
pesebre de Belén. El amante de la pureza legal se escandaliza y sorprende con un Dios que pone
su trono en un establo.
Los que le esperaban hurgando en libros y previsiones
mesiánicas no le reconocen. Falsos profetas y reyes, como Herodes y sus consejeros, obcecados por
lecturas erróneas del pasado y obsesionados
por el pánico a perder sus privilegios en un futuro incierto, se perdieron el
presente de Dios.
Se impone un cambio de mirada; porque la Navidad es un regalo para contemplativos, para amantes de la quietud y el silencio, para los que abren sus
ojos a la noche observando el cielo como los pastores (cf Lc 2,8-20), siguiendo la luz de una estrella como los
magos (cf Mt 2,1-12), o esperando pacientemente el momento de la iluminación
que tarda en producirse, como Simeón y Ana, que solo alcanzan la visión en la
ancianidad (cf Lc 2, 21-39).
Reconocer la venida del Salvador requiere un cambio de visión, la “visión de
Dios”, una nueva manera de mirar que nos hará ver
con ojos nuevos -los de Dios-
toda la realidad. “El pueblo que caminaba
en tinieblas vio una luz grande; habitaba en tierra y sombras de muerte, y una
luz les brilló”. (Is 9,2). Dios es luz, pero no el deslumbrante sol que ciega los ojos del hombre; viene pobre y anónimo precisamente para no deslumbrar, para iluminar sin romper el misterio mismo que es el hombre, para enseñar que a Dios no se le encuentra en espacios interestelares ni galaxias lejanas; Dios está en el corazón del hombre -encarnado- irradiando ahí nueva luz sobre las cosas y los acontecimientos.
Entrar en Belén, pues, es entrar en "la interior bodega" que hay en ti, donde Dios y tú podéis encontraros y beber el vino de la fiesta. En la intimidad con Él te conocerás mejor incluso a ti mismo, porque "el misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado... Cristo, el Nuevo Adán, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación" (Vaticano II. Gaudium et Spes, 22)
Entrar en Belén, pues, es entrar en "la interior bodega" que hay en ti, donde Dios y tú podéis encontraros y beber el vino de la fiesta. En la intimidad con Él te conocerás mejor incluso a ti mismo, porque "el misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado... Cristo, el Nuevo Adán, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación" (Vaticano II. Gaudium et Spes, 22)
2. "TU LUZ, SEÑOR, NOS HACE VER LA LUZ", Y NOS CAMBIA.
Con Jesús se inicia el tiempo de la fiesta y la luz. Ha llegado la “iluminación”
que nos hace ver lo que por puro amor somos:
hijos de Dios. Lo dice san Juan en su
evangelio: “La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió… Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder
de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre”. (Jn 1,5.12). Les dio
“ser hijos de Dios”. El modo viejo de vivir, consecuencia del pecado del primer Adán incitado al deseo de “ser como Dios” y que pretendió sustituir la conciencia de Dios -la divina “ciencia del bien y del mal” (misericordia)- por los criterios del mundo, es restaurado por Dios de modo paradójico: se encarnó como Nuevo Adán y aquello que se perdió por la desobediencia de Adán lo obtiene ahora la obediencia de Cristo (cf Rm 5,12-21) que nos justifica y nos hace “ser dioses”; es el nuevo modo de ser y vivir que hace presente en nosotros el Niño. Dios “se hizo hombre para que nosotros llegáramos a ser Dios” (San Ireneo), para hacernos partícipes de su divinidad, de su modo luminoso de ver la realidad, de su conciencia abierta que supera nuestra estrechez de conciencia.
Meditar es darnos cuenta de esto. Es poner el aceite y la
mecha para que la luz se encienda en nosotros y transforme nuestro ser y existir. La meditación ayuda a tomar conciencia de la luz que
es Dios mismo. "Tu luz nos hace ver la luz" (Sal 35,10). Volverse a esa luz,
contemplarla y dejarse iluminar por ella es lo que llamamos conversión, volver a Dios. Y esta vuelta
produce un cambio no solo en la visión de las cosas, sino también en la propia
persona. Cuando una persona se convierte a la luz solemos decir: “Es otro”.
Porque el meditador cristiano se transforma en el Cristo meditado. Cuando el ciego de
nacimiento se cura, los demás no le reconocen;
“los vecinos y los que antes
solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ese el que se sentaba a
pedir?». Unos decían: «El mismo». Otros
decían: «No es él, pero se le parece». El respondía: «Soy yo». Y le
preguntaban: «¿Y cómo se te han abierto los ojos?. Él contestó: «Ese hombre que
se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y
que me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a ver»" (Jn 9, 8-11). En el
ciego se había producido un cambio, y los otros lo notan. La luz no sólo da
color a las cosas que nos rodean, sino que nuestra misma interioridad y nuestro
mismo ser se iluminan de tal forma que los demás notan el cambio: “este es
diferente, no es el mismo que antes”. Y,
ciertamente, estamos ante otro hombre, el hombre nuevo. Incluso físicamente notan
el cambio quienes antes lo trataban.
El cambio de ser (interior) que opera la práctica de la meditación se deja notar en la exterioridad. El contemplativo, sin procurarlo, recibe unos beneficios como efecto de la meditación. Son los frutos de la NAVIDAD, de la luz que le hace ser
distintos, una luz que hasta entonces no veía porque su conciencia estaba dormida,
amodorrada, drogada por los resplandores del mundo.
Así, pues, meditador: relájate, cierra los ojos, inspira y espira con serenidad, dibuja en tus labios una leve sonrisa como signo de apertura, y repite suavemente: "Soy hijo de Dios".
* * *
Meditar es celebrar la Navidad, porque meditando te dispones a descubrir y vivir el nacimiento de la Luz en ti. Meditar es seguir la estrella y caminar hacia la
iluminación que surge en Belén; meditar es entrar en conversión, recibir la mirada nueva, el cambio de perspectiva; meditar es un ejercicio bueno para despertar y “tomar conciencia de la realidad”, y, repetimos, especialmente de una realidad muy gratificante: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre
para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no
lo conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado
lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él,
porque lo veremos tal cual es. Todo el que tiene esta esperanza en él se
purifica a sí mismo, como él es puro. (1 Jn 3,1-3).
Así, pues, meditador: relájate, cierra los ojos, inspira y espira con serenidad, dibuja en tus labios una leve sonrisa como signo de apertura, y repite suavemente: "Soy hijo de Dios".
¡FELIZ NAVIDAD!
¡PERSEVERANTE Y FELIZ MEDITACION!
Casto Acedo. Diciembre 2017



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