lunes, 4 de agosto de 2025

Salir de la cueva, entrar en el valle.

La segunda etapa del camino que hemos emprendido  pide “salir de la cueva”. Y esto hay que aclararlo. Si entrar en la cueva es una especie de entrenamiento para evaluar el propio ser, si es una oportunidad  para preguntarte por dónde andas, qué te sobra, que está entorpeciendo  tu vida, etc... y si ese tiempo supone descubrir qué cosas quitar de tu vida porque suponen una rémora, salir de la cueva es comenzar a vivir de modo distinto, con la libertad que da el ver con cierta claridad  cuáles son tus ataduras y cadenas.

Pero ¿y si la cueva acaba siendo vista por el novicio como su lugar natural? ¿Y si comienza a sentirse cómodo, feliz, encantado de estar en ella? Entonces hay que salir corriendo hacia el valle, porque esos síntomas indican que la cueva te puede atrapar.  Y no es fácil salir de ella cuando caes en su trampa; es más fácil entrar. Porque si entrar te aleja de la maleza y las zarzas salir te vuelve a acercar a ellas. 

A menudo me engaño creyendo  que he salido de la cueva, cuando lo único que he conseguido es  un lugar intermedio (interactivo) donde creo que estoy confrontando mi vida con los demás, pero lo que hago es confrontarme con otros que comparten conmigo la creencia de haber salido. Compartimos los sentimientos y las nuevas apreciaciones con quienes nos comprenden y nos  quieren, con aquellos ante quienes podemos felicitarnos de las nuevas relaciones y enfoques  que damos a la vida,  o lloramos con ellos lo poco que nos comprenden quienes viven afuera. A estos incluso los miramos con cierta conmiseración. Parece que he salido de la cueva, pero sigo en ella.

En la cueva pones bálsamo a las heridas, y algunas cicatrizan. Eso te hace caer en el error de creerla un fortín, un hospital de campaña donde puedes acostumbrarte a vivir siempre dedicado a los cuidados de tu vida espiritual con cierta sensación de satisfacción personal. Sin darte cuenta haces de la cueva (meditación, reflexión, análisis, pequeños retos vitales, etc.) tu mundo de yupi, tu jardín de las delicias.

¿Cómo sé que aún no he salido de la cueva? No sabría decirlo con seguridad, pero creo que comienzas a salir cuando miras la realidad de afuera y la aceptas tal como es; y reconoces que así era el mundo antes de que te retiraras y así sigue siéndolo a tu regreso. Porque en realidad  no has hecho nada para cambiarlo. No te horrorices por ello. El mundo no cambia porque tú te retires de él. Sigue igual, y tal vez sientas sobre él los mismos miedos que antes. Pero tampoco te excuses diciéndote “no debí salir aún de mi cueva” o “debería volver a mi cueva”, "aún no estaba preparado".  A la cueva no se vuelve. Si vuelves una y otra vez caes en el abismo. Una vez sales de ella llega la hora de decidir a dónde ir, solo te queda la decencia de aceptar lo que tienes por delante. 

¿Quién quiere volver a la oscuridad de la cueva cuando ya ha vislumbrado un poco de luz? A veces sientes la tentación de volver.  Pero es el miedo el que te está empujando.

Cuando vuelves al valle las heridas que produce el choque con el nuevo ambiente, a veces violento, comienzan a sangrar. Dice la carta a los Hebreos: “Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado, y habéis olvidado la exhortación paternal que os dieron: Hijo mío, no rechaces la corrección del Señor, ni te desanimes por su reprensión” (Hbr 12,4-5

Pasas años en tu celda queriendo romper el cielo con tus oraciones para que un rayo baje hasta ti. Y de tanto mirar y golpear la nube del no-saber a lo más que puedes llegar es a ver una pequeña grieta que se abre al exterior y desde la cual parece llegarte una tenue luz. ¡Qué bonito! Sí, pero que engañoso también; porque esa lucecita que ves no daña tus ojos; es una luz encantadora. Y te encanta mirarla y ser mirado por ella. Pero si tienes  miedo a que una luz más fuerte dañe tus ojos, si te asusta el rayo de tinieblas que lo trastorna todo en ti, la pequeña luz de la grieta alargada en el tiempo es sólo un signo que pone en evidencia la oscuridad en que vives y tu cobardía para ir más allá.

La cueva tiene su tiempo. El necesario para que te des cuenta de que no hay cueva, ni valle ni cementerio. Y por tanto para que aprendas que ha llegado el momento de poner a un lado toda regla y todo método para abandonarte a la vida. No has salido de la cueva si todavía  es para ti una clave esencial, si el tiempo formal de silencio y contemplación se ha transformado para ti en un todo maravilloso, si el calor de tu comunidad de escogidos te seduce y atrae con su dulzura dándote sensación de realidad e impidiéndote ver lo que hay fuera. ¡Qué bien se está aquí!, haremos tres tiendas (Mt 17,4). No he salido de la cueva si calculo mi felicidad por el bajo estrés y las sensaciones placenteras de mi alma.

Al salir de la cueva descubres la fragilidad de la misma. Has labrado en ella el panal de tu vida; ¡un panal tan frágil! Ahora, en el valle, has de transformar la amargura en miel, perdonar, amar, desechar impurezas, soltar cadenas que ya no estaban pero que vuelven a salir cuando menos lo esperas. Hacer miel no es comerla y degustarla. Díselo a las abejas obreras. No se lo preguntes a los zánganos que se ilusionan con fecundar a la reina para terminar siendo expulsados de la colmena y muriendo arrojados al frío de la noche.  El valle es tiempo de abejas obreras; tiempo de llenar la vida con la miel de la compasión y la misericordia. Trabajo dulce y amargo.

Si he descubierto algo en la cueva debería trabajar en mi lo aprendido. Cuando digo que "quiero un cambio en mi vida" eso incluye huir de mi cueva (mi ficticia y virtual realidad idílica) y abrirme a una relación más directa y real con el mundo. Ya he vislumbrado a Dios en mi oración; o algo que creo que es Dios. Si lo es o no lo es no me toca a mí juzgarlo. En el valle quiero palparlo de nuevo, pero de un modo más directo: elevando mi corazón al prójimo en un suave movimiento de amor que rompa la nube del no-amar; o sea, amando vivir en Iglesia pecadora, porque lo soy.

En fin, el valle es algo simple y bonito; no es el destino final, y si conviene que pase por la cueva es para vislumbrarlo en toda su dureza y hermosura. El peligro es quedarme en la caverna, dejar que nuevos velos cieguen mis ojos con nuevos artificios que me impidan tocar la realidad con amor. Sal de tu cueva, me dice Isaías. ¿Cómo? 

“He aquí lo que has de hacer. Vuelve tu corazón amoroso a tu hermano, con un suave movimiento de amor, deseándole por sí mismo, no por sus virtudes o defectos. Centra tu atención y deseo en él y deja que su bien sea la única preocupación de tu mente y tu corazón.... Quizá pueda parecer una actitud irresponsable; pero créeme, déjate guiar” (Plagio de La nube del no-saber, 3). Te lo digo yo, Isaías cap. 58:

«¿Para qué ayunar, si no haces caso; mortificarnos, si no te enteras?». En realidad, el día de ayuno hacéis vuestros negocios y apremiáis a vuestros servidores; ayunáis para querellas y litigios,  y herís con furibundos puñetazos. No ayunéis de este modo, si queréis que se oiga vuestra voz en el cielo. ¿Es ese el ayuno que deseo en el día de la penitencia: inclinar la cabeza como un junco, acostarse sobre saco y ceniza? ¿A eso llamáis ayuno, día agradable al Señor? (Esto es ayuno virtual, de caverna, ficticio y falso cuando no lo complementa la realidad; es el prefacio que no tiene sentido sin la obra del valle).

 “Este es el ayuno que yo quiero: soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo y no desentenderte de los tuyos. Entonces surgirá tu luz como la aurora, enseguida se curarán tus heridas, ante ti marchará la justicia, detrás de ti la gloria del Señor. (Esto es ayunar de veras: vivir en el valle "misericordiando"). 

Entonces clamarás al Señor y te responderá; pedirás ayuda y te dirá: «Aquí estoy». (Ahora puedes subir al siguiente nivel, el de los perfectos que viven junto a Dios).

*

No quieras volver una y otra vez a la cueva. No quieras ser un oso polar condenado a vivir en eterna  hibernación en tu mundo virtual. Si has tomado la decisión de salir y has dado los primeros pasos para ello, no vuelvas la vista atrás. «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el reino de Dios» (Lc 10,62).  Has arado la tierra; no vuelvas a ararla una y otra vez, ahora es tiempo de sembrar compasión y abonar con amor. Por eso, no vuelvas a encerrarte, no vuelvas a tus realidades virtuales, afectos desordenados, avaricias, envidias, etc. Créeme, si has estado en la cueva eso ya ha pasado. Ahora permite que todo lo humano te toque, no con un toque sentimental-virtual sino real, piel contra piel. 

Dios me libre de hacer de mi cueva el cielo.

*

NOTA: Curiosamente, al día siguiente de haber publicado esta entrada leo en La razón un artículo que creo que complementa lo que quiero decir al hablar de "salir de la cueva", porque si no se sale de ella te condenas a la caverna de lo virtual. https://www.larazon.es/cultura/rob-riemen-vamos-directos-destruccion-civilizacion_202309266511cb2a1fb4a60001300304.html Como deja ver el autor la realidad es insustituible, el valle no se puede atravesar virtualmente; mejor es tomar un café que chatear vía internet, mejor ir a un cumpleaños que felicitar por washap y enviar el regalo por amazon, mejor palpar que embriagarte con ensoñaciones. El valle, con su calidad de real, es insustituible. Es el lugar de la verdad, de la práctica, de experimentar que la vida es algo más que algoritmos y letras. En el valle se juega el futuro de nuestra civilización cristiana.

Septiembre 2023

Casto Acedo

martes, 8 de agosto de 2023

Oración de recogimiento

Aquí tenéis un resumen del contenido y el enlace al capítulo para que lo podáis leer directamente a la santa. 


Oración de recogimiento 
(Camino de perfección, 28)


Cómo entrar dentro de sí. Es un tema central del proceso de crecimiento espiritual. Santa teresa lo incluirá en las tercera moradas. El recogimiento es un estadio intermedio entre la oración rezada y la oración de pura contemplación. En el capítulo 28 de Camino de perfección santa Teresa intenta decirnos qué es oración de recogimiento, los medios, y cómo podemos acostumbrarnos a ello.
En un primer momento nos ha dicho que recogerse es centrarse en el Otro (Dios). Ahora consiste en «entrar, con El, dentro de sí».
Un presupuesto básico: entrar dentro de sí mismo. La Santa prefirió como punto de partida la segunda palabra del Padrenuestro «que estás en los cielos». No en los cielos estrellados, sino en los cielos de mi alma o de mi vida, cielos espaciosos y dilatados de mi espíritu. Le da calado teológico al tema del recogimiento, hondura de fe. La interioridad del hombre es morada, o templo del Espíritu. Dios tiene sus delicias ahí, en estar con nosotros. Es importante «no solo creerlo, sino procurar entenderlo por experiencia» (C 28,1). Esto de experimentar que somos morada de Dios no es cosa fácil cuando un alma comienza a orar. «El no se da a conocer hasta que va ensanchándola poco a poco, conforma a lo que es menester para lo que ha de poner en ella» (C 28,12)
Consignas
  • Ahí, en mi espacio interior, «Dios está tan cerca que nos oirá» (C 28,2), basta hablarle bajito.
  • Basta «ponerse en soledad y mirarle dentro de sí, y no extrañarse de tan buen huésped» (C 28,2).
  • Aprender a «hablarle como a Padre, pedirle como a Padre» (C 28,2).
  • Comunicarse con El sin falsas humildades (cf C 28,3).
  • Audacia cristiana: «tratad con él como con Padre y como con hermano y como con Señor y como con Esposo, a veces de una manera, a veces de otra, que El os enseñará lo que habéis de hacer para contentarle. Dejaos de ser bobas: pedidle la palabra, que vuestro Esposo es, que os trate como a tal» (C 28,3).
Recogerse 
¿Qué es? «Llámase recogimiento porque recoge el alma toda las potencias y se entra dentro de sí» (C 28,4).
  • Es cosa del alma, es decir, cosa del centro interior de la persona.
  • Es ella la que ha de convocar hacia dentro los sentidos y potencias.
  • El alma misma «se entra dentro de sí con su Dios» (C 28,4).
  • Dios actúa ahí: «viene con más brevedad a enseñarla su divino Maestro» (C 28,4).
  • La persona recibe todo el misterio de Cristo con hondura y sentido nuevos, en ese nuevo mundo de la interioridad.
Catarata de imágenes plásticas. «Es llegar a beber el agua de la fuente» (C 28,5). «Caminar mucho en poco tiempo» (C 28,5). Es como un viaje por mar llevados por el viento, es entrarse como las abejas en la colmena «para labrar allí la miel» (C 28,7). Es disponer de una centellica para soplar sobre ella y prender fuego de amor que lo abrase todo (C 28,8).
Cómo acostumbrarse. «Hablemos un poco de cómo nos acostumbraremos a tan buen modo de proceder» (C 28,8).
  • «Hagamos cuenta que dentro de nosotras está un palacio de grandísima riqueza» (C 28,9).
  • Pero el palacio no es fin para sí mismo, es morada para alguien. «No nos imaginemos huecas por dentro» (C 28,10). «En este palacio está un gran rey» (C 28,9).
  • Mi interioridad tiene una especie de dimensión religiosa y sacra: está hecha para ser capacidad de Dios, morada para él.
  • Entrar dentro.
  • Ser sensibles a la acción de El. Dios no nos habita como el ídolo está en su templo. Está en el palacio interior para la comunión de las personas.
  • El se da a conocer, enriqueciéndola experiencia interior del orante. «Que pueda poner y quitar como en cosa propia» (C 28,12). «El no ha de forzar nuestra voluntad», pues «El no se da a Sí del todo hasta que nos damos del todo» (C 28,12).



Lectura complementaria.

Lee detenidamente estos pensamientos del Diario de Etty Hillesum, una mujer que sintoniza con Teresa y que puede sintonizar también contigo.
«Creo que lo voy a hacer: cada mañana, antes de ponerme a trabajar, dedicaré media hora a «volverme hacia el interior», a escuchar lo que pasa en mí. También podría decir meditar. Pero esa palabra me hace sentirme aún un tanto incómoda. 
Sí, ¿por qué no media hora de paz conmigo misma? Movemos los brazos, las piernas y otros músculos por la mañana en el cuarto de baño, pero eso no basta. El hombre es cuerpo y espíritu. Media hora de gimnasia y media hora de ‘meditación’ puede proporcionarnos una buena base de concentración para toda la jornada. Pero conseguir una ‘hora de paz’ no es tan sencillo. Es algo que se aprende.
Tendríamos que borrar del interior todo ese pequeño fárrago bajamente humano, todas las florituras. Una pequeña cabeza como la mía está siempre atiborrada de inquietud por naderías. Hay también sentimientos y pensamientos que nos elevan y nos liberan, pero ese fárrago se insinúa por todas partes. 
El fin de la meditación debería consistir en crear en nuestro interior una llanura grande y extensa, limpia de los zarzales disimulados que nos tapan la vista. Hacer entrar un poco de ‘Dios’ en nosotros, del mismo modo que hay un poco de ‘Dios’ en la Novena de Beethoven. Hacer entrar también un poco de ‘Amor’ en nosotros, no de un amor de lujo de media hora con el que te regalas, orgullosa de la elevación de tus sentimientos, sino de un amor que podamos transferir de algún modo a la modesta práctica cotidiana».
«Hay en mí un pozo muy profundo. Y en ese pozo está Dios. A veces consigo llegar a él, pero lo más frecuente es que las piedras y escombros obstruyan el pozo, y Dios quede sepultado. Entonces es necesario volver a sacarlo a la luz».

Octubre 2023
Casto Acedo. 

7e. Callar y escuchar

 Con este tema, donde se aborda el desafío "de callar y escuchar" concluimos el tema 7, donde nos hemos ocupado del necesario equilibrio emocional para hacer silencio, conocernos y  avanzar en los caminos del Espíritu. 

El camino espiritual correcto nos permite avanzar hacia la meta: ser generosos desprendiéndonos de los apegos, de las dependencias, de las posesiones, etc. y vivir la virtud, el equilibrio emocional, el altruismo y la verdad. La meditación aquieta y serena el agua del lago de nuestra conciencia y nos ayuda a ver lo que hay en nosotros más allá de lo que mostramos en la superficie

 

”¡Ojalá callarais del todo, así demostraríais que sois sabios” (Job 13,5).
Escuchar lo que las palabras esconden

“Mantén silencio y escucha”, un desafío, un consejo bueno para practicar y lidiar con la adversidad, para no tropezar en situaciones difíciles de la vida. Por alguna razón Dios nos ha dotado de dos orejas y sólo una boca. 

Cuando se inicia el camino del silencio y la meditación lo primero a descartar es el ruido, esa tendencia al barullo mental y exterior con el que queremos enmascarar la situación o la conversación que acaba de surgir. Así ocurre, por ejemplo, cuando te sientes criticado o acusado. Un torbellino de ideas y sentimientos asaetan tu corazón y tu mente. En ese momento relájate, respira, deja que fluya la adrenalina que te empuja a responder de modo violento, y mantén silencio; no sólo silencio verbal para quedar bien, para mostrar que tienes modales, sino también silencio mental; no empieces a defenderte, no te sientas como un ser frágil que tiene que defenderse inmediatamente.

En esos momentos abre tu mente y escucha desde el corazón. ¡Qué importante es saber escucharse a sí mismo, escuchar a los demás y escuchar con sabiduría los acontecimientos que suceden a tu alrededor! Es todo un arte. Escuchar supone dejar a un lado tu versión de los hechos y permitirte adentrarte en los hechos y la versión del otro con objetividad. Deja que el otro te de su versión, y si para ayudarte le añade a su relato el cómo resolver la situación escúchalo también.

¿Cómo hacer lo de la escucha? La escucha se aprende. En realidad es algo que ya tenemos, sólo hay que quitarle lo que estorba: nuestras defensas y nuestras proyecciones, nuestra versión de la realidad.

Para evaluar algo con justicia no escuches sólo las palabras y su sentido, escucha también el conflicto subyacente a lo que se dice. En momentos agitados no solemos ser muy coherentes, las palabras que emitimos no representan bien lo que pensamos y sentimos. Por eso es importante descubrir lo que hay detrás de los argumentos que damos, de las críticas, de las mentiras, etc. ¿Qué conflicto real escondemos tras las palabras? Es muy común oír discutir a dos personas muy cercanas (matrimonio, hermanos, amigos) sobre algo que aparentemente es una futilidad, pero si observas bien descubres que la discusión no es debida al motivo que mencionan; suele ser el estallido final de algún sentimiento encontrado, la explosión de algo que se ha ido reprimiendo o frenando, y que es la verdadera causa del enfado; lo que se discute no es sino la gota que colma el vaso de uno o varios problemas más serios que se han ido enquistando en la relación.

Casi nunca decimos lo que nuestras palabras dicen literalmente; y casi nunca es por mala intención; simplemente desconocemos el conflicto que hay de fondo. Por ejemplo, decimos: “me encantaría vivir una vida de eremita, en soledad”, pero en realidad no queremos eso; en el fondo se esconde la insatisfacción de una vida ajetreada y bulliciosa que quiere escapar para estar con personas más tranquilas y sanas. Pero hacerte eremita no va a funcionar, porque el problema del estrés lo tienes dentro, su sombra te perseguirá. Otro ejemplo: hablas y hablas de tal hermano o compañero de trabajo, le criticas sus malos hábitos, y disfrutas con ello; pero lo que hay en el fondo e una frustración personal que te lleva a juzgar al otro para rebajarlo porque lo consideras un peligro para tu estatus que crees superior. 

 Es muy importante saber escuchar a los demás y a ti mismo en profundidad, descubriendo el problema subyacente a las palabras de tu interlocutor o a las tuyas propias. Hacerlo te hace sabio. Lo dice san Juan de la Cruz: "La sabiduría entra por el amor, silencio y mortificación. Grande sabiduría es saber callar y no mirar dichos ni hechos ni vidas ajenas". (Dichos de luz y amor, 29)


Evalúa tu necesidad de hablar

A lo largo del día solemos tener necesidad de hablar a los demás o a nosotros mismos. Un buen termómetro para medir nuestro nivel espiritual es hacernos unas preguntas muy simples: cuando estás sólo y en silencio, ¿cuánto tiempo pasas hasta que empiezas a hablarte a ti mismo? ¿y cuanto hasta que te empiezas a castigarte a ti mismo o a torturarte volviendo a recordar episodios dolorosos de tu vida? Porque muchas veces, huyendo del silencio, nos decimos a nosotros mismos cosas muy tóxicas o dañinas. ¿Al hacer silencio, cuánto tiempo pasa hasta que empieza la mente cotorra a hablar? ¿Cuánto hasta que empiezas a rumiar un momento triste de tu historia? Esta es la medida del equilibrio que tenemos respecto al silencio y la palabrería.

Mide tu progreso en esto del silencio observándote en tu vehemencia por hablar, en tu necesidad de ensuciar el silencio. ¿Por qué te inquieta cerrar la boca y acallar tu mente?, ¿cuántas veces opinas sin que nadie te pregunte? ¿Cuántas veces te entrometes sin que nadie te haya invitado a la conversación?

Para sanar el vicio de la indiscreción, el cotilleo y la maledicencia en la conversación no basta imponerte estoicamente a ti mismo la ley del "no juzguéis y no seréis juzgados" (Lc 6,37).  La ley puede ayudar a ver la enfermedad, pero cumplirla sólo aliviará temporalmente el picor, no sanará la herida. Es mejor que profundices, que ahondes en la raíz de donde brotan tus juicios, porque no salen de la nada. Analiza la energía que impulsa tus palabras, ¿qué necesidad te urge al hablar? ¿De dónde te viene el deseo apremiante de hablar?, ¿no se esconde tras él algo que tratas de enmascarar?, ¿por qué eliges un determinado tema de conversación en un momento determinado?, ¿qué te lleva a intervenir para controlar el diálogo sobre el tema en cuestión?, ¿por qué quieres tener siempre la última palabra? … 

Si buscamos el origen de nuestras palabras y opiniones aprenderemos cosas muy interesantes sobre nosotros mismos. Por tanto, no observes sólo los gestos y las palabras, trata de ir más allá buscando su origen: qué motivación, qué fuerza, qué emoción, que ideas impulsó la necesidad de hablar o actuar haciendo tal cosa. Y si has de abrir la boca, que tu hablar sea siempre para bien.  "Malas palabras no salgan de vuestra boca; lo que digáis sea bueno, constructivo y oportuno, así hará bien a los que lo oyen" (Ef 4,9) Muy interesante lo que sobre la lengua dice Santiago en su carta: 

Si alguien no falta en el hablar, ese es un hombre perfecto, capaz de controlar también todo su cuerpo.  A los caballos les metemos el freno en la boca para que ellos nos obedezcan, y así dirigimos a todo el animal.  Fijaos también que los barcos, siendo tan grandes e impulsados por vientos tan recios, se dirigen con un timón pequeñísimo por donde el piloto quiere navegar. Lo mismo pasa con la lengua: es un órgano pequeño, pero alardea de grandezas. 
Mirad, una chispa insignificante puede incendiar todo un bosque. También la lengua es fuego, un mundo de iniquidad; entre nuestros miembros, la lengua es la que contamina a la persona entera y va quemando el curso de la existencia, pero ella es quemada, a su vez, por la gehenna. 
Toda clase de fieras y pájaros, de reptiles y bestias marinas pueden ser domadas y de hecho lo han sido por el hombre. En cambio, la lengua nadie puede domarla, es un mal inalcanzable cargado de veneno mortal.   Con ella bendecimos al Señor y Padre, con ella maldecimos a los hombres, creados a semejanza de Dios. De la misma boca sale bendición y maldición. 
Eso no puede ser así, hermanos míos. ¿Acaso da una fuente agua dulce y amarga por el mismo caño? ¿Es que puede una higuera, hermanos míos, dar aceitunas o una parra higos? Pues tampoco un manantial salobre puede dar agua dulce" (Sant 3,2-12).

La práctica de la meditación o silencio meditativo te puede ayudar a verte desde fuera, a ahondar en los motivos que subyacen a tus palabras y a tus gestos más o menos acentuados. En nuestras conversaciones, sin que nos percatemos de ello, suelen aflorar las intenciones de fondo, que no suelen coincidir al cien por cien con lo que realmente vivimos y deseamos. Por eso, cuida tu lengua y no dejes de analizar tus intenciones de fondo cuando ha escapado a tu control.


Febrero 2023
C. Acedo

El inestimable presente

No viene mal recordar la importancia del presente.  El pasado y el futuro están en el presente. Dios es Presencia. La felicidad está en saborear las cosas simples que vienen a mi presente. 



El ayer ya está muerto,
el mañana no ha nacido.
No hay, pues, nada que temer
ni nada que lamentar.
Porque todo lo pasado
y todo lo que ha ocurrido
 nunca puede volver
a ser de nuevo de nuevo.

Y lo que nos espera ahora,
todo lo que va a ocurrir,
está aún en manos de Dios.
No depende  de mí
el futuro de mi vida.

Es el misterio de Dios
quien reclama para sí
el pasado y presente.

Todo lo que he de hacer
es vivir el día de hoy
y esperar que Dios me muestre
el camino y la verdad.

El recuerdo del pasado
y el riesgo del porvenir
es lo no único que puede
turbarme de nuevo 
con temores infundados
o insensatas inquietudes,
mientras, de su parte,
Dios me quiere bendecir.

Todo lo que necesito
es vivir este momento.
Aquí y ahora está la vida,
y, en ella, la eternidad.

HELEN STEINER RICE

miércoles, 12 de julio de 2023

3.5 Atención a los demás. Consejos prácticos (III)

Todos los seres merecen ser felices

Seguimos invitando a prácticas que nos ayudarán a conocernos más y mejor en lo que somos; hemos hablado ya de mejorar la conducta, eliminar prejuicios, perdonar. Hoy añadimos una práctica muy sencilla y evangélica que nos llenará de alegría: “Todo lo que queráis que haga la gente con vosotros, hacedlo vosotros con ella” (Mt 7,12).

Esta práctica traerá a tu vida  felicidad y al mismo tiempo la dará a todos los que te rodean. Para comprenderlo has de tener claro primeramente que todo sufrimiento viene de quererse uno a sí mismo más que a los demás. El sufrimiento que hay en el mundo proviene de acciones dañinas que son impulsadas por estados emotivos tóxicos que tienen su punto de partida en el egocentrismo, la falta de amor, la obsesión por el propio bienestar. Tan obsesionados vivimos con lo nuestro que nos olvidamos del resto de las personas.

Nos cuesta entender que pensar en los otros antes que en mi me pueda hacer feliz, porque mi mentalidad es competitiva, muy dualista. Hay quien sólo se siente feliz si tiene a su alrededor personas desdichadas con quien compararse. Viven una felicidad tasada y medida desde fuera haciendo suyo el refrán de que “en tierra de ciegos el tuerto es rey”; es una lástima que haya quienes para brillar ellos necesitan oscurecer a los demás. La sabiduría divina nos dice que la felicidad propia no se apoya en la infelicidad ajena; al contrario, es de Dios que no puedes ser feliz si no te preocupa la felicidad de los demás. Para ser feliz has de querer a los demás como te quieres a ti mismo. Y si quieres ir más allá, la suprema felicidad está en querer la felicidad de los otros sin tener para nada en cuenta la tuya.

Una primera afirmación para entender nuestro tema de hoy: todos los seres merecen ser felices por igual. Ahora bien, si ponemos por medio opiniones que nos dividen por su  dualismo (confrontación), si agregamos a la consideración sobre las personas opiniones que establecen separaciones: apellidos, títulos, coeficiente intelectual, nacionalidad, etc., entonces mi familia, mi raza, mi clase social, mis nacionales, merecerán más que los otros, porque los considero más puros, más elegidos y/o cercanos a Dios. Pero si quitamos esas preferencias o prejuicios irracionales lo que nos queda es la equidad o ecuanimidad, el hecho de que todos son iguales en derechos, todos merecen ser tratados con justicia sin detrimento de su particularidad y todos merecen ser igualmente felices. Y en la medida en que nos ajustemos a esto vamos a estar cada vez más en armonía con la realidad de cómo son las cosas y cada vez más encaminados a la felicidad.


Vamos a “hacernos” felices

¿Cuándo te ha hecho feliz una persona? Cuando te ha prestado atención, te ha escuchado, te ha dejado ser tu mismo sin juzgarte, cuando se ha adelantado a tus deseos, ha respetado y apoyado tus ideas, te ha valorado en lo que tú consideras que vales, ha minimizado tus errores, etc., es decir, cuando ha empatizado contigo y has sentido su comprensión y su aprecio.

Eso que hacen contigo y te hace feliz debes hacerlo tú con los otros poniendo su bienestar por encima del tuyo, no sólo igual que el tuyo sino “más arriba”. Esto supone un esfuerzo extra pero muy conveniente para crecer en equidad, porque nuestro péndulo suele estar inclinado hacia el lado del mi, mi, mi, .. yo, yo, yo, y para compensar y lograr el equilibrio es conveniente ir más allá de la igualdad, hasta centrarte en hacer el bien al otro antes que a ti mismo.

Si tu felicidad no es posible sin la felicidad de la gente, y si para que la gente sea feliz debes hacer con ella lo que quieres que la gente haga contigo, ¿por qué no aprovechas las oportunidades que cada jornada te ofrece para interesarte por las necesidades de los demás y hacerles felices respondiendo a ellas con amor? Si lo haces así harás felices a otros y te harás feliz a ti misma. Una segunda afirmación importante: toda felicidad viene de querer a los demás tanto como a uno mismo. 

Si aceptas como cierto todo lo dicho hasta ahora, para completar este tema te invito a aplicar esta enseñanza de modo consciente durante unas semanas. Estate atento a tu vida, a los detalles de tu relación con los demás y si encuentras la oportunidad, la más pequeña excusa,  para hacer felices a otros no dudes en hacer lo necesario. Es este un ejercicio sencillo que no tardará mucho en mostrarte que es cierto que soy feliz cuando los otros son felices, o mejor: soy feliz haciendo felices a los demás. Toma nota del desafío:

*Si te pones de pie para abrir la puerta o la ventana, piensa “hace calor; los demás ¿tienen frío o necesitan aire fresco?".

*Si te pone de pie para buscar algo, “¿alguien necesita algo de la cocina?”

*Si vas a salir en coche, “¿alguien necesita algo que pueda comprar?”. Voy hacia tal sitio, ¿le viene bien a alguien?

*Cada vez que muevas el cuerpo, piensa. “¿De qué manera este movimiento puede servir a los demás? ¿en qué puedo ayudar? Ya que estoy de pie, ¿necesitáis algo? Ya que estoy en la farmacia, ¿alguien necesita algo?"

*Cede tu asiento gustoso en el autobús, en la sala de espera del médico, en el aforo del teatro... "Por favor,..."

*Interésate por el bienestar de los demás; hazlo verbalmente: empatizando con su sitaución: "¿se solucionó el problema que me comentaste?", o interesándote por su salud: "¿estás recuperado del constipado?", o por sus seres amados: "¿cómo siguen tus padres?".

*Calla tus respuestas cortantes en las conversaciones, no discutas, escucha; deja que quien te habla disfrute de su comunicación; permite que el otro sea feliz contándote su vida como tú lo eres al sentirte escuchado: "¡Sí, te escucho; dime!"

*Sonríe, no pongas mala cara a nadie; una sonrisa tuya puede hacer sonreír a muchos como muchos te hacen sonreír a ti. "¡Holaaaaa...! 😊"

Serían casi infinitos los ejemplos que se podrían poner. Si prestas atención, la misma vida te irá dando momentos que son oportunidades para hacer felices a la gente; y de paso observa cómo practicando lo que podemos llamar el altruismo de la felicidad también tú te irás sintiendo cada día más feliz.


“No devolváis mal por mal, ni insulto por insulto, sino al contrario, responded con una bendición, porque para esto habéis sido llamados, para heredar una bendición. ... ¿Quién os va a tratar mal si vuestro empeño es el bien? ... Glorificad a Cristo el Señor en vuestros corazones, dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza, pero con delicadeza y con respeto “ (1 Pe 1,10.13.16). 

En resumen, ama y trata a los demás con la misma atención, el mismo cariño y la misma delicadeza con que deseas ser tratado; y si quieres llegar a la perfección en esto no te quedes en el “como quiero que me traten a mi”, avanza hacia “mejor de lo que deseo ser tratado yo mismo”. Tenemos así una tercera afirmación importante: la felicidad en grado sumo viene de querer a los demás más que a uno mismo. Es fácil de comprender, aunque no tanto de vivir: si no miras por ti mismo, si no deseas nada para ti mismo, nada puede perturbar tu paz interior.

* * *

Esmérate en amar como quieres ser amado, en “tratar como quieres que los demás te traten”. A esto pueden ayudarte los ejemplos de altruismo práctico que hemos señalado antes. Y una última nota: aunque de momento tengas bastante con ejercitarte en “amar al prójimo como a ti mismo” (Rm 13,9), no olvides que la meta a la que aspiras es mayor: “amar los demás como los ama Jesús” (Jn 13,.34). Si lo primero (altruismo) te aporta felicidad, lo segundo (compasión) te fundirá con la felicidad misma. Pero este es otro tema que en su momento será tratado. Cada cosa a su tiempo; paso a paso. 

Julio 2023
Casto Acedo

martes, 13 de junio de 2023

2.3 Hesicasmo (notas)

Os paso las notas que expliqué en el último encuentro. El texto original en pdf-fotos os lo paso por wasap por si podéis o queréis leer todo el texto, tomado de TOMÁS SPIDLIK, Los grandes místicos rusos. Ed Ciudad Nueva (Madrid 1986), 117-127. Enmarcamos esto dentro de nuestra formación para la oración. 


El Hesicasmo, hesiquiasmo o, más raramente, esicasmo (del griego hēsykhasmós, derivado de hēsykhía, "quietud, silencio, paz interior"), es una doctrina y práctica ascética meditativa difundida entre los monjes cristianos orientales, a partir del siglo iv con los llamados Padres del Desierto.

El objetivo del hesicasmo es la búsqueda de la paz interior en unión mística con Dios y en armonía con la creación. Las tres características fundamentales del hesiquiasmo son: la soledad, como medio de huir del mundo; el silencio, para lograr la revelación; y la quietud, para conseguir el control de los pensamientos, la ausencia de preocupaciones y la sobriedad.

Divulgada por Evagrio Póntico  en el siglo iv d. C., es una tradición inicialmente eremítica  y que se hizo célebre en el monasterio del Monte Athos (Grecia). La enseñanza de los místicos rusos orientales afines al hesicasmo es recopilada  en un corpus de textos que se denomina Filocalia.   

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Lo que se expone en el articulo que incluyo en fotocopias es un comentario del Hesicasmo en Rusia según la reforma que establece Nilo Sorskii (1433-1508). Os lo paso porque lo comenté. Interesante es sobre todo:

* La idea de la "atención" no tanto como "estar donde se está, viviendo el momento" (centrados en las reglas del monasterio) sino como "guarda del corazón" (portero que vigila la puerta del monasterio interior que somos)

*La aparición en el siglo XIV del "método físico" de la respiración con el añadido de la oración del nombre de Jesús: "Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mi, pecador" (Oración del corazón). Tal vez esto es lo más conocido del hesicasmo hoy en occidente. La enseñanza de esto se recoge en la Filocalia de los padres Népticos (Filocalia significa "amor a la belleza,   y népsis  -"néptico"- sobriedad, sencillez del alma).

* Son muy conocidas en los estudios teológicos las polémicas que generó este movimiento, resueltas parcialmente por Gregorio Palamas. Por otro lado se generaron disputas, sobre todo acerca del peligro de endiosamiento y quietismo del monje o laico que practica esta espiritualidad.
  
* Nilo Sorsky declara que "sin la disposición interior es inútil ocuparse de lo exterior", algo que apuntamos en nuestro tema de la oración: debe haber armonía entre el ser (orar) y el hacer (vivir el amor). 

* Para los hesicastas la naturaleza humana no deja de ser buena en su fondo.  Es la  semilla buena que Dios ha sembrado en el campo (su espíritu, su chispa divina); pero el diablo siembra de noche la cizaña, que se adhiere al alma.  

* En cada persona se repite lo acontecido en el paraíso (pecado y alienación-alejamiento de Dios) ; un proceso  que acaba viciando la naturaleza humana.... En este proceso se siguen estas etapas:

1. La sugestión; algo exterior sugiere, provoca el apetito, invita a la transgresión, a obrar el mal. En el relato del libro del Génesis es "el árbol de la ciencia del bien y del mal".

2.  La confrontación o coloquio, el diálogo con el mal, que se debería evitar (Jesús suele decir al demonio : ¡Calla y sal fuera!, no se deja enredar por sus discursos) ... Pero nosotros nos dejamos llevar y nace el deseo de pecar:  "Seréis como Dioses", dice la serpiente, y Adán comienza a ver el árbol como "apetitoso", inclinándose a probar. Nace el deseo de probar, de ocupar el lugar de Dios ("Seréis como Dioses), de decidir desde la desconfianza (abandono de la fe).

3. Se da la lucha, que no siempre acaba con la victoria del hombre. Con frecuencia quien vence es el espíritu del mal.

4. Se cae en la cautividad del diablo. 

5. Final del proceso: nace la pasión, la inclinación habitual (automática) al mal, algo que no tenía la naturaleza humana, que desde ahora es "naturaleza viciada". La pasión se pega a la persona como rémora al barco y no la deja avanzar en la vida espiritual. ¿Quién me librará de la esclavitud de las pasiones? 

El camino espiritual consiste en purificar el alma del "vicio", veneno o rémora que ha introducido en ella el mal. Ya sabemos que el hombre puede regirse por la carne (concupicencia, deseos ególatras, no confundir carne con cuerpo; exterioridad) o por el espíritu o chispa-presencia-fuego divino al interior del hombre (recordad la división tripartita: cuerpo-espíritu-alma). El demonio alienta la concupiscencia (satisfacción del ego), y el Espíritu Santo procura que lo que nos mueva a vivir y obrar sea nuestro espíritu (humano) iluminado por el Espíritu Santo. La pasión es lo que nos ata a la carne. Liberarse de la carne (pasiones, pecados capitales) exige generar automatismos para que sea el  espíritu  el que marque el ritmo de la vida. 


* * *
Dentro de este esquema, los hombres espirituales deben aprender a discernir, para no "consentir" al mal. El "consentimiento" es la esencia del pecado.  

Ahora bien, la experiencia demuestra que para hallar la paz  no basta con evitar el pecado, es decir, evitar que el mal distraiga al alma; no basta con rechazar la sugestión de los pecados capitales, lo que Evagrio llama pensamientos (ideas, sentimientos, mociones, que invitan a prescindir de Dios); y no es suficiente el rechazo porque aunque no se impongan del todo dejan siempre en el alma una semilla de turbación. ¿Cómo orar con fervor si toda mi atención se concentra en superar las distracciones? 

El arte de la paz consiste en la capacidad de reaccionar y rechazar los malos pensamientos al primer movimiento, y rechazarlos sin discusiones, sin detenerse en ellos siquiera un momento. Para ello se ha de trabajar por cambiar las reacciones automáticas viciadas y no dejarse llevar por ellas, porque éstas tienden a darle juego a los pensamientos (sentimientos, mociones) pecaminosos.

Para rechazarlos es preciso conocerlos bien, formarse en el estudio, observar cómo se presentan a la inteligencia del alma, muy sutilmente, sin hacer ruido, como la serpiente en el Edén; y en la práctica, analizando (revisión de vida) cómo reacciono ante la seducción de los pensamientos. 

*

¿Cuáles son esos pensamientos que hay que cortar de raíz? Ya los hemos mencionado, los que llamamos "pecados capitales": Gula, fornicación (lujuria), ira, avaricia, envidia (tristeza y acedia), pereza y soberbia (vanagloria). No podemos detenernos a analizarlos aquí detalladamente, pero habrá que hacerlo en su momento.

El padre de todos los pensamientos es la soberbia, algo mucho más pernicioso que la vanidad o vanagloria. A éste pensamiento de soberbia u orgullo Evagrio Pontico le concede el último puesto en la lista, destacando que puede dar al traste con todo lo que se ha conseguido vencer antes en la vida espiritual. 

La soberbia es más que vanidad. El vanidoso se gloría a sí mismo, pero por cosas de poca monta: cualidades como cantar bien, tener habilidades, ser inteligente, etc.. Pero el soberbio se gloría no en los dones naturales que tiene sino que se jacta de los dones divinos recibidos (gracias recibidas), los hace propios y presume de ellos; se atribuye a sí mismo lo que es don de Dios. Es la perversión de lo mejor, que es lo peor que puede pasar (perversio optimi pesima). Fruto de la soberbia es la hipocresía, creerse Dios cuando lo que busco y adoro es mi persona y mis actos.

Contra soberbia, humildad, virtud esencial; sin ella todo va perdido. La humildad es el contrapunto a la soberbia, y ocupa en la tradición monástica un lugar de honor. Sin humidad, repito, todo va perdido. 

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Os mando por wasap en pdf-fotos el texto original de esto que comento
Espero que os sirva para clarificar vuestra oración.
Podemos compartir en el próximo encuentro.

Junio 2023
Casto Acedo

lunes, 20 de marzo de 2023

8.5 Medita con cordura, y no te compares.

Seguimos recordando y repasando puntos que son esenciales para nuestro progreso espiritual.


 Cuida la cantidad y los ritmos de tu meditación

Terminando nuestra primera etapa (etapa de cueva o de celda) conviene dar un aviso acerca del tiempo que dedicas a la meditación, que debe ser corto en principio (una o dos sesiones de 20 0 30 minutos), con la posibilidad de aumentar en un momento dado, nunca de manera forzada, como estableciendo plazos fijos. Cada cual tiene su ritmo, y forzar el ritmo puede llevar a la quiebra del proceso.

Es importante prestar atención a la receptividad del alma. Hay momentos en que está más  receptiva a la introducción de algo nuevo. Son momentos que se sienten porque la notas más abierta, ilusionada, con ganas de estar disponible. Luego se satura. Como cuando llueve y de principio la tierra está abierta para absorber toda el agua que cae, hasta que ya no puede absorber nada más, se satura y todo lo que le viene le resbala. Entonces no sólo no te impacta lo que meditas sino que hasta puede ser contraproducente. La interioridad como que se rebela, rechaza, resiste, se enroca y cada vez se cierra más.

Parte del arte de la meditación está en maximizar los momentos en que la mente está tierna, fértil, receptiva. Y desistir cuando el terreno no es receptivo, tener una pausa cuando hay sensación de saturación, dando tiempo a que la dimensión interior recupere su frescura y vitalidad. Y ahí, delicadamente, reintroducir el hábito espiritual de calma y lucidez, quietud y apertura.  La mente se presta al ejercicio mientras permanece fértil y receptiva, pero se resiste cuando el exceso de propuestas le saturan. .

Por tanto, no conviene extender la meditación más allá de lo que pueda tolerar tu estado anímico. Y esto cambia de día en día. La práctica de la meditación habitual, si es adecuada, irá creciendo en receptividad, hasta alcanzar el punto ideal en el que mente y cuerpo se tornan serviciales, disponibles para meditar a tu gusto. Llegará el momento en que cuando tu cuerpo o tu mente den señales de nerviosismo o inquietud podrás aquietarlos haciendo de ellos elementos dóciles, domesticados, que no ofrecerán resistencia a tus requerimientos. Esto llegará con el tiempo; paciencia; por ahora hay que tratar y educar a la mente como se trata y se educa a un niño maleducado. Le puedes pedir algo, pero no le puedes pedir todo, porque entonces entra en pánico y en actitud huidiza.

Concretando: las sesiones al principio deben ser cortas; hay que evitar las meditaciones-maratón y dividirlas en minisesiones. Aconsejable al principio no hacer más de veinte o treinta minutos. Se pueden hacer algunas seguidas; pero paras, paseas, vas al baño, tomas algo, etc. y luego vuelves, una media hora o una hora más tarde. Con el tiempo el punto de receptividad se irá extendiendo.

También dentro de cada sesión-unos venticinco minutos- divide los tiempos, con espacio para la relajación corporal, sin forzar la mente a nada, a fin de que ésta recupere su flexibilidad.


Compárate con ayer

 

A la hora de evaluar la meditación tendemos a medir el progreso propio comparándolo con otros, con lo que han experimentado y vivido otras personas, con algo que hemos leído, con una película que vimos, etc.

 

¿Recuerdas lo que dijimos acerca del “camino del medio”? No te compares con logros ajenos, que pueden ser muy altos o muy bajos, pero que no tienen nada que ver contigo. Es la realidad de otro, la vida de otro, la historia personal de otro. Además, ¿qué sabes tú del otro? Sólo ves lo que te ha dicho, o lo que tú imaginas; no puedes ver la realidad que está pasando dentro de él.  Y si a esto le añadimos que sueles tener una visión de “peldaño”, de supuestos niveles  en esto de la vida espiritual y de las experiencias meditativas, has de saber que si pretendes medirlo todo por “niveles” preconcebidos fácilmente te desanimarás y te perderás.

 

Todos tenemos el mismo potencial, la misma base, el mismo origen, y todos podemos llegar a la cima, al “estado de perfección” (me gusta más llamarlo “unión”), pero cada persona tiene su proyecto, su camino, su trayectoria. Todos los caminos conducen a Roma, y cada cual toma el suyo. Para escalar una cima hay varias vías, unas más directa, otras más tortuosas, unas con menos dificultad y otras con más. Lo importante es seguir caminando hacia la cima, hacer todo lo mejor que pueda en la situación en que me encuentre en cada momento. Esto es lo único que me debe preocupar.

 

Por tanto, para saber si estás caminando hacia adelante la referencia es: ¿Cuál fue mi último paso? ¿dónde estaba ayer? ¿dónde estaba la semana pasada, el mes pasado, el año pasado?. Es bueno evaluarme: ¿he mejorado después de un mes o un año? Pero esa evaluación no se debe hacer en términos de experiencias psicofísicas (fenomenología), sino en términos de vida: ¿soy mejor persona?, ¿estoy más atento a los demás?, ¿estoy más presente a mi vida?, ¿se ha reducido la duración temporal de mis estados aflictivos?, ¿se apoderan menos de mi? … 


Una persona puede tener, de repente, una experiencia pico, una experiencia de Tabor, en un momento concreto de meditación, pero puede quedarse ahí; luego vuelve al trabajo o a casa y sigue siendo un impresentable, alguien que nadie quiere tener alrededor, porque se burla o minusvalora a los demás y mantiene habitualmente una actitud negativa, competitiva y agresiva. La experiencia pico en este caso sólo estaría sirviendo de acicate para la soberbia.

 

Las experiencias pico no dicen mucho. No sirven para una evaluación correcta de los avances en la meditación. Hay que mirar si realmente se está progresando en términos reales comparado con cómo fuimos antes. Y si no se da progreso en esto conviene cambiar la práctica, la técnica, la intensidad. La meditación es algo más que una técnica, incluye varios aspectos de la vida que es preciso modificar: perseverancia en la meditación, ánimo, principios morales,  conductas, etc..  Si estos no cambian para mejor, de poco sirve meditar. Si me estoy hundiendo y sólo me limito a practicar  media hora de meditación formal no voy a evitar el hundimiento del Titanic; por colocar las sillas en orden en la cubierta para que pueda tocar la orquesta, como o curre en la película,  no voy a evitar que el barco, tocado en su fondo, se hunda.

 

Existe la tendencia a poner cierto maquillaje psicológico a nuestra alma (¡qué bien estoy! ¡Qué bien me siento en la meditación!) sin atender a las condiciones básicas de nuestro ser. La práctica continuada, si es correcta, conecta las sesiones de quietud y silencio con la sanación de los  problemas y malestares vitales profundos, dando lugar a una sanación gradual e imparable. Poco a  poco se aflojan las resistencias a vivir de un modo más tolerante y compasivo; más siendo tú mismo. 


Merece la pena perseverar en la meditación, pero sin evaluar desde los “gustos” psicológicos, ni, por supuesto, desde comparaciones odiosas con logros ajenos.


Marzo 2013

Casto Acedo