Seguimos recordando y repasando puntos que son esenciales para nuestro progreso espiritual.
Por tanto, no conviene extender la
meditación más allá de lo que pueda tolerar tu estado anímico. Y esto cambia de día en día. La
práctica de la meditación habitual, si es adecuada, irá creciendo en
receptividad, hasta alcanzar el punto ideal en el que mente y cuerpo se tornan
serviciales, disponibles para meditar a tu gusto. Llegará el momento en que cuando tu cuerpo o tu mente den señales de nerviosismo o inquietud podrás aquietarlos haciendo de ellos elementos dóciles,
domesticados, que no ofrecerán resistencia a tus requerimientos. Esto llegará
con el tiempo; paciencia; por ahora hay que tratar y educar a la mente como se
trata y se educa a un niño maleducado. Le puedes pedir algo, pero no le puedes
pedir todo, porque entonces entra en pánico y en actitud huidiza.
Concretando: las sesiones al
principio deben ser cortas; hay que evitar las meditaciones-maratón y
dividirlas en minisesiones. Aconsejable al principio no hacer más de veinte o
treinta minutos. Se pueden hacer algunas seguidas; pero paras, paseas, vas al baño,
tomas algo, etc. y luego vuelves, una media hora o una hora más tarde. Con el
tiempo el punto de receptividad se irá extendiendo.
También dentro de cada sesión-unos venticinco minutos- divide los tiempos, con espacio para la relajación corporal, sin
forzar la mente a nada, a fin de que ésta recupere su flexibilidad.
Compárate con ayer
A la hora de evaluar la meditación tendemos a
medir el progreso propio comparándolo con otros, con lo que han experimentado y vivido otras
personas, con algo que hemos leído, con una película que vimos, etc.
¿Recuerdas lo que dijimos
acerca del “camino del medio”? No te compares con logros ajenos, que pueden ser
muy altos o muy bajos, pero que no tienen nada que ver contigo. Es la realidad
de otro, la vida de otro, la historia personal de otro. Además, ¿qué sabes tú
del otro? Sólo ves lo que te ha dicho, o lo que tú imaginas; no puedes ver la
realidad que está pasando dentro de él.
Y si a esto le añadimos que sueles tener una visión de “peldaño”, de
supuestos niveles en esto de la vida
espiritual y de las experiencias meditativas, has de saber que si pretendes
medirlo todo por “niveles” preconcebidos fácilmente te desanimarás y te
perderás.
Todos tenemos el mismo
potencial, la misma base, el mismo origen, y todos podemos llegar a la cima, al
“estado de perfección” (me gusta más llamarlo “unión”), pero cada persona tiene
su proyecto, su camino, su trayectoria. Todos los caminos conducen a Roma, y
cada cual toma el suyo. Para escalar una cima hay varias vías, unas más
directa, otras más tortuosas, unas con menos dificultad y otras con más. Lo
importante es seguir caminando hacia la cima, hacer todo lo mejor que pueda en la
situación en que me encuentre en cada momento. Esto es lo único que me debe
preocupar.
Por tanto, para saber si estás caminando hacia adelante la referencia es: ¿Cuál fue mi último paso? ¿dónde estaba ayer? ¿dónde estaba la semana pasada, el mes pasado, el año pasado?. Es bueno evaluarme: ¿he mejorado después de un mes o un año? Pero esa evaluación no se debe hacer en términos de experiencias psicofísicas (fenomenología), sino en términos de vida: ¿soy mejor persona?, ¿estoy más atento a los demás?, ¿estoy más presente a mi vida?, ¿se ha reducido la duración temporal de mis estados aflictivos?, ¿se apoderan menos de mi? …
Una persona puede tener, de repente, una experiencia pico, una experiencia de Tabor, en un momento concreto de meditación, pero puede quedarse ahí; luego vuelve al trabajo o a casa y sigue siendo un impresentable, alguien que nadie quiere tener alrededor, porque se burla o minusvalora a los demás y mantiene habitualmente una actitud negativa, competitiva y agresiva. La experiencia pico en este caso sólo estaría sirviendo de acicate para la soberbia.
Las experiencias pico no dicen mucho. No sirven para una evaluación correcta de los avances en la meditación. Hay que mirar si realmente se está progresando en términos reales comparado con cómo fuimos antes. Y si no se da progreso en esto conviene cambiar la práctica, la técnica, la intensidad. La meditación es algo más que una técnica, incluye varios aspectos de la vida que es preciso modificar: perseverancia en la meditación, ánimo, principios morales, conductas, etc.. Si estos no cambian para mejor, de poco sirve meditar. Si me estoy hundiendo y sólo me limito a practicar media hora de meditación formal no voy a evitar el hundimiento del Titanic; por colocar las sillas en orden en la cubierta para que pueda tocar la orquesta, como o curre en la película, no voy a evitar que el barco, tocado en su fondo, se hunda.
Existe la tendencia a poner cierto maquillaje psicológico a nuestra alma (¡qué bien estoy! ¡Qué bien me siento en la meditación!) sin atender a las condiciones básicas de nuestro ser. La práctica continuada, si es correcta, conecta las sesiones de quietud y silencio con la sanación de los problemas y malestares vitales profundos, dando lugar a una sanación gradual e imparable. Poco a poco se aflojan las resistencias a vivir de un modo más tolerante y compasivo; más siendo tú mismo.
Merece la pena perseverar en la meditación,
pero sin evaluar desde los “gustos” psicológicos, ni, por supuesto, desde
comparaciones odiosas con logros ajenos.
Marzo 2013
Casto Acedo


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