Para ir mentalizándonos, comunico que la reflexión irá acerca de la importancia de ser perseverantes en la oración contemplativa. Esto no es un grupo de estudio más o menos práctico sobre la oración. Si no practicamos todos los días un rato -entre 15 y 30 minutos mínimo- de silencio contemplativo, estaremos perdiendo el tiempo. Seremos unos snobs en busca de experiencias insulsas. No se trata de que pasemos por la oración del jueves sino de que la oración dl jueves vaya pasando por nosotros cada día de la semana.
Texto del Libro segundo de los Reyes, cap 5.
¿Qué enseñanzas que nos interesan podemos sacar a partir de este texto bíblico?
o
Una
lepra: incapacidad de vivir una vida lograda.
o
Un deseo: curarse
o
Una noticia –venida de una criada (desde la humildad): el
Dios del profeta Eliseo puede curarte.
o
Una partida:
salir de Siria hacia Israel.
o
Unos miedos
del rey de Israel. (El rey –hombre- no puede hacer nada).
o
Eliseo sale
al paso y anuncia: Dios sí puede.
o
Un mandato aparentemente absurdo:
lávate siete veces en el Jordán (un rito simple)
o
Una
resistencia: mejores ríos hay en Siria (¿no hay mejores formas de acercarse a
Dios?)
o
Confianza en
un maestro (Eliseo) que ni siquiera le
recibe (pone a prueba su humildad)
o
Una fe (lo
haré), una determinación, una perseverancia: 7 veces (siete es signo de plenitud: todas las veces que haga falta)
o
Una
curación: iluminación-conversión. “Ahora estoy convencido de que en toda la
tierra no hay Dios, sino sólo en Israel!”
o
Un respeto a
la fe de quien no comparte mi religión: acompaña a tu rey en su templo cuando
vayas con él; vete tranquilo”…
o
Gratuidad
del don: Eliseo no acepta el pago.
o
Unos “falsos
profetas”: Guehazí, que quiere sacar
provecho de “lo sagrado” (¡Cuidado con espiritualidades con las que se hace negocio!)
o
Unas
consecuencias de la comercialización del don: la oscuridad (lepra) se extiende a quien no
se acerca al misterio con admiración y gratuidad.
Del libro segundo de
los Reyes, cap. 5
Había un hombre llamado
Naamán, jefe del ejército del rey de Siria, muy estimado y favorecido por su
rey, porque el Señor había dado la victoria a Siria por medio de él. Pero este
hombre estaba enfermo de lepra.
En una de
las correrías de los sirios contra los israelitas, una muchachita fue hecha
cautiva, y se quedó al servicio de la mujer de Naamán. Esta
muchachita dijo a su ama:
—Si mi amo fuera a ver al
profeta que está en Samaria, quedaría curado de su lepra.
Naamán
fue y le contó a su rey lo que había dicho aquella muchacha. Y el
rey de Siria le respondió:
—Está bien, ve, que yo
mandaré una carta al rey de Israel.
Entonces Naamán se fue.
Tomó treinta mil monedas de plata, seis mil monedas de oro y diez mudas de
ropa, y le llevó al rey de Israel la carta, que decía: «Cuando recibas esta
carta, sabrás que envío a Naamán, uno de mis oficiales, para que lo sanes de su
lepra.»
Cuando el
rey de Israel leyó la carta, se rasgó la ropa en señal de aflicción y dijo:
—¿Acaso soy Dios, que da la
vida y la quita, para que éste me mande un hombre a que lo cure de su lepra?
¡Fíjense bien y verán que está buscando un pretexto contra mí!
Al
enterarse el profeta Eliseo de que el rey se había rasgado la ropa por aquella
carta, le mandó a decir: «¿Por qué te has rasgado la ropa? Que venga ese hombre
a verme, y sabrá que hay un profeta en Israel.»
Naamán fue, con su carro y
sus caballos, y se detuvo a la puerta de la casa de Eliseo. Pero
Eliseo envió un mensajero a que le dijera: «Ve y lávate siete veces en el río
Jordán, y tu cuerpo quedará limpio de la lepra.»
Naamán se enfureció, y se
fue diciendo:
—Yo pensé que iba a salir a
recibirme, y que de pie iba a invocar al Señor su Dios, y que luego iba a mover
su mano sobre la parte enferma, y que así me quitaría la lepra. ¿No son los
ríos de Damasco, el Abaná y el Farfar, mejores que todos los ríos de Israel?
¿No podría yo haber ido a lavarme en ellos y quedar limpio?
Y muy enojado se fue de
allí. Pero sus criados se acercaron a él y le dijeron:
—Señor, si el profeta le
hubiera mandado hacer algo difícil, ¿no lo habría hecho usted? Pues con mayor
razón si sólo le ha dicho que se lave usted y quedará limpio.
Naamán fue y se sumergió
siete veces en el Jordán, según se lo había ordenado el profeta, y su carne se
volvió como la de un jovencito, y quedó limpio. Entonces él y todos sus
acompañantes fueron a ver a Eliseo. Al llegar ante él, Naamán le dijo:
—¡Ahora estoy convencido de
que en toda la tierra no hay Dios, sino sólo en Israel! Por lo tanto, te ruego
que aceptes un regalo de este servidor tuyo.
Pero Eliseo le contestó:
—Juro por el Señor, que me
está viendo, que no lo aceptaré.
Y aunque Naamán insistió,
Eliseo se negó a aceptarlo. Entonces Naamán dijo:
—En ese caso permite que me
lleve dos cargas de mula de tierra de Israel; porque este servidor tuyo no
volverá a ofrecer holocaustos ni sacrificios a otros dioses, sino al Señor.
Solamente ruego al Señor que me perdone una cosa: que cuando mi soberano vaya a
adorar al templo de Rimón, y se apoye en mi brazo, y yo tenga que arrodillarme
en ese templo, que el Señor me perdone por esto.
Eliseo le respondió:
—Vete tranquilo.
Naamán se fue de allí. Y
cuando ya iba a cierta distancia, Guehazí, el criado del
profeta Eliseo, pensó: «Mi señor ha dejado ir a Naamán el sirio sin aceptar
nada de lo que él trajo. Juro por el Señor que voy a seguirlo rápidamente, a
ver qué puedo conseguir de él.»
Y se fue Guehazí tras
Naamán; y cuando éste lo vio detrás de él, se bajó de su carro para recibirlo,
y le preguntó:
—¿Pasa algo malo?
—No, nada
—contestó Guehazí—. Pero mi amo me ha enviado a decirle a usted que acaban de
llegar dos profetas jóvenes, que vienen de los montes de Efraín, y ruega a
usted que les dé tres mil monedas de plata y dos mudas de ropa.
Naamán respondió:
—Por favor, toma seis mil
monedas de plata.
E insistiendo Naamán en que
las aceptara, las metió en dos sacos junto con las dos mudas de ropa, y se lo
entregó todo a dos de sus criados para que lo llevaran delante de Guehazí.
Cuando llegaron a la colina, Guehazí tomó la plata que llevaban los criados, la
guardó en la casa y los despidió. Luego fue y se presentó ante su amo, y
Eliseo le preguntó:
—¿De dónde vienes, Guehazí?
—Yo no he ido a ninguna
parte —contestó Guehazí.
Pero Eliseo insistió:
—Cuando cierto hombre se
bajó de su carro para recibirte, yo estaba allí contigo, en el pensamiento.
Pero éste no es el momento de recibir dinero y mudas de ropa, ni de comprar
huertos, viñedos, ovejas, bueyes, criados y criadas. Por lo tanto, la
lepra de Naamán se te pegará a ti y a tu descendencia para siempre.
Y cuando Guehazí se separó
de Eliseo, estaba tan leproso que se veía blanco como la nieve.
Que tengáis una buena semana.
Casto A.

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