lunes, 13 de marzo de 2023

8.4 Paciencia en el proceso espiritual.

"Mirad: el labrador aguarda el fruto precioso de la tierra, esperando con paciencia hasta que recibe la lluvia temprana y la tardía. Esperad con paciencia también vosotros, y fortaleced vuestros corazones" (Sant 5,7-8).

En uno de los temas de nuestro camino, al reflexionar sobre lo que nos motiva, hablábamos del “entusiasmo”. Nos preguntábamos: ¿Qué motiva nuestros actos? ¿Qué interés buscamos en ellos?. ¿Dar gusto a los que nos observan, ¿satisfacer nuestro ego?, ¿profundidad espiritual?  

En este momento del proceso de formación espiritual es importante que te preguntes cuál es la razón por la que  sigues en ella, que analices si sigue viva tu paciencia en el proceso, es decir, si sigue moviéndose en ti el el deseo de alcanzar lo que esperas y si tienes disposición al sacrificio para ello. Mantenerte al pie del cañón en esto de la meditación supone crecer en paciencia, tolerar lo que sea  necesario para llegar al destino.

Para ayudarte en la consideración de lo dicho viene bien que reflexiones sobre la paciencia necesaria. 

Hay un triple nivel o tres tipos de paciencia para seguir este proceso de cambio espiritual (conversión). 

*Está primero la paciencia para tolerar las críticas, los ataques de los demás. "¿Qué haces? ¡Estás perdiendo el tiempo o perdiéndote la vida! ¡Te están comiendo el coco!" Has de perder el miedo al "qué dirán", romper los hilos que te aten al siempre "bien quedar" o "bien caer" con todos y a todos.

*En segundo lugar has de estar convencido y aceptar con paciencia (paz interior) la verdad de que el camino emprendido es el apropiado para una verdadera realización personal.

*Y un tercer matiz de la paciencia que necesitas es la de aprender a aguantar, por no decir a amar, las dificultades e inconvenientes asociados a la práctica; sobre todo superar la oscuridad que acompaña a la segunda etapa de las tres en que podemos dividir  el proceso de crecimiento espiritual.

1. La luna de miel es la primera etapa. Se da en los primeros momentos, cuando te sientes  atraído por la práctica. Hay algo novedoso, que te interesa, que te entusiasma y te produce sensaciones agradables; también suele haber curiosidad, sentimiento de haber encontrado algo hermoso que va a producir cambios importantes en tu vida. Se tiene una experiencia gratificante que parece responder a lo que se esperaba.

2. El desencanto. Tarde o temprano viene una asegunda etapa que es el desencanto. El ego, acostumbrado a satisfacciones inmediatas, se desilusiona y comienza a no desear o a desear con menos ardor la práctica de la meditación. El estímulo inicial afloja y aparece el desencanto y el desánimo: “no era lo que yo pensaba, no ha pasado lo que esperaba, he dejado de sentir lo que en principio parecía sentir”. Esto no es nada anormal, no es malo, es lo normal. La luna de miel -más larga o más corta, según cada cual- y el desencanto posterior  hay que pasarlos.

3. Madurez. Quien se mantiene firme va alcanzando la madurez, que supone aceptar la práctica de la oración-meditación como tal. Esta palabra me parece clave: “aceptación”, aceptas que la meditación no era lo que esperabas, pero sí algo que te conviene, que te beneficia, que te va a cambiar la vida para bien. ¿Quién no tiene experiencia de haber tomado decisiones sobre el control de la alimentación (régimen, inicio a la vida vegetariana), del uso de drogas (alcohol, tabaco) ejercicios físicos, etc. y ha aceptado este proceso de paso por el inicio ilusionante para superar luego el desencanto hasta llegar, impulsado y animado por la bondad de la decisión, a la madurez de quien hace suyo el nuevo estilo de vida?


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Todo proceso lleva consigo un periodo que podemos llamar de oscuridad, de dudas, de cansancio, de noche, de cruz en definitiva. Durante esa etapa se viven dos experiencias importantes: por un lado surge el sinsabor y el tedio propio de quien ya no saborea o goza lo que saboreaba hasta entonces; por otro, se va abriendo paso una sensibilidad nueva que apunta a un sabor distinto, más puro.  Esto es lo que ocurre en la meditación. 

Al lógico periodo de sinsabor y sequedad, cuando permaneces firme en la práctica, le sucede un nivel más sutil en el que tu sensibilidad espiritual o mental se refina y empiezas a experimentar algo nuevo, un nuevo modo de sentir la paz, la tranquilidad, la vivencia del presente, que ya no te parecen una idea  sino una realidad que, lejos de asustar, te maravilla y te nutre.

Este “refinamiento de la sensibilidad espiritual” se realiza poco apoco. Tiene que pasar las tres etapas señaladas. Quien frena su vida, quien se adentra en el silencio del corazón, echará de menos los ruidos, las luces y la música fuerte que le deslumbraban y aturdían hasta entonces, y le parecerá que lo de ahora no tiene salsa, no tiene gusto, “¡esto no es vida!”. 

Hay grupos -los que solemos denominar Nueva Era- que para evitar el apagón de los gustos externos adoban la meditación con multitud de artificios, de cosas que estimulen, que compensen el vacío que genera la falta de aquello que se tenía por costumbre hacer hasta entonces. Con estos artificios (drogas, posturas, ritmos, sensaciones físicas provocadas, etc.) intentan eliminar o dulcificar el necesario dolor propio de cualquier metamorfosis; en el fondo se quiere nadar y guardar la ropa, presumir de haber rescatado el “yo” sin matar el “ego”. Es un autoengaño muy sutil que hay que evitar si se quiere entrar en la riqueza insondable del silencio interior, que prescinde de todo lo externo para entrar dentro de sí y hallarse a sí mismo en Dios y a Dios en sí mismo. "Alma, buscarte has en Mi, y a Mi buscarme has en ti", dice santa Teresa. 

Cuando los poros de la piel espiritual se te abren para dejar salir de dentro la riqueza del tesoro escondido, cuando sueltas el miedo a conocerte a la luz del Cristo que llevas dentro, lo que hay en ti de naturaleza caída (ego, concupiscencia) tiende a cerrar esos poros con los afeites exteriores que hasta entonces te han mantenido sujeto en tu zona de confort. No caigas en la trampa. Si atraviesas las tres etapas, con sus características propias, vas a encontrar en la tercera un aprecio y un gusto refinado por el silencio y la meditación; y vas a llegar al gusto de la unión con Dios.


Octubre, 2023

Casto Acedo.

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