En esta entrada resumo los retos y desafíos que se han ido proponiendo de forma más o menos explícita. Considero que es importante examinarnos sobre ello, evaluar si simplemente han pasado por nuestra mente como lecciones magistrales o si de veras los hemos practicado y hemos experimentado sus beneficios. Finalmente proponemos una reflexión que nos anime a un último reto: invertir tu tiempo y energías en seguir progresando en el camino espiritual.
En nuestro recorrido hemos ido proponiendo algunas prácticas (desafíos o retos) para lidiar con las dificultades de nuestra vida. Los podríamos llamar también “propósitos”,
aunque este término está un tanto viciado en nuestra cultura espiritual
cristiana; un amigo, cuando terminaban los ejercicios espirituales ignacianos,
y que concluían invitando al ejercitante a hacer unos propósitos que
objetivaran el trabajo realizado en los días de retiro, solía decir que “los
propósitos se hacen para no cumplirlos”. Y en cierto modo tenía razón; cuando
uno se propone algo es porque hasta entonces no ha hecho lo propuesto; y es verdad que el
nivel de fracaso en el propósito siempre está a nuestro alcance, pero ¿vamos a
renunciar por ello a los desafíos que se nos presentan en el camino?
En los temas anteriores se te ha invitado:
* a “retirarte a tu celda”, construir tu cueva alejándote de relaciones
tóxicas para purificar tu mente y tu vida;
* a simplificar tu vida
descargándote de actividades prescindibles que te sobrecargan y estresan;
* a programar una rutina matinal y/o
vespertina para el silencio y la meditación;
* a alejarte de apegos o
aferramientos que te dominan;
* a poner el entusiasmo necesario
para ser constante y diligente en tu vida espiritual;
* a ser una persona de principios,
coherente con tu propia escala de valores;
* a respirar antes de dar rienda suelta
a tu ira;
* a aprender a corregir los gustos
que te pueden dañar y a tomar gusto por la meditación y la vida virtuosa;
* a conocer cómo te autoengañas con
argumentos simples para justificar tu pereza a la hora de trabajar tu espiritualidad,
* a no compararte con nadie (mejor ni peor)sino buscar
y seguir tu propio camino; en todo caso a compararte con ayer y observar tus avances o retrocesos.
* a ser constante (perseverante) en
la práctica de la meditación;
* a cultivar la autoconciencia para
conocerte bien y no engañarte a ti mismo;
* a buscar la bondad practicando el
bien, consciente de que todo vuelve a ti; quien siembra amor cosecha amor;
* a ser paciente ocurra lo que ocurra;
* a analizar tus emociones
aflictivas (tristeza, odio, miedo, ira etc. ...) para descubrir y sanar su raíz;
* a ejercitarte en la humildad dejando
que otros ganen en discusiones o rivalidades superfluas;
* a dar importancia a la escucha
y evitar la incontinencia verbal;
* a rodearte de personas sanas que
te ayuden a crecer espiritualmente.
Puedes pararte y revisar a partir de esta larga lista tus avances o estancamientos. Merece la pena.
* * *
Ahora, terminando la primera etapa, proponemos un último reto que podríamos definir como “reconoce que quemas mucha energía en cosas que no merecen la pena”. ¿Qué quiere decir esto? Pues que somos permisivos y tolerantes
en nuestra vida con muchas cosas que suponen esfuerzo, que no son agradables y
además, tarde o temprano, producen dolor
y sufrimiento.
Cuando nos vamos de fiesta, por ejemplo, aguantamos caminatas de chiringuito en chiringuito, de discoteca en discoteca, a veces con calor y frio, con situaciones incómodas, insomnios, cansancio, etc., pero lo aguantamos todo sin cuestionarnos el sufrimiento que supone o el vacío a que conducen. Para otras muchas cosas más beneficiosas no tenemos paciencia, y nos decimos a nosotros mismos que no hay quien aguante eso, que no merece la pena, que no estamos dispuestos a sufrir por ello. Aquí podríamos parodiar un famoso refrán: “Dime por qué y para qué estás dispuesto a aguantar y te diré en qué crees”.
Conviene reconocer cuántas cosas estamos aguantando ciegamente, es decir, sin ver, sin ser consciente de cuánto daño nos
están produciendo; cosas que hacemos sin sentido y que no nos proporcionan
ningún beneficio.
Nos esforzamos por ser los primeros en tener el
último modelo de algo, por mantener la línea con ayunos que arruinan la
salud, por estar a tiempo ante el televisor y no perdernos el capítulo de la
serie favorita, por hacer horas extras en el trabajo para poder adquirir el
capricho que alimente el ego, etc. Y cuando un amigo nos pide algo de ayuda,
nuestra madre o pareja nos pide un vaso de agua, el vecino nos ruega que le
echemos una mano en la mudanza o que le cuidemos el perro cuando viaja, o cuando
el moderador espiritual nos pide dedicar más tiempo a orar y meditar, que
básicamente es estar sentado sin hacer nada en un lugar con temperatura
perfecta, etc., todo esto nos parece una petición muy exigente.
Reconoce que "aún no has llegado a la sangre en tu pelea contra el pecado (lo que te daña)" (Hbr 12,4). Dedicas mucho tiempo a aficiones o distracciones que envilecen tu cuerpo y tu alma; y, en comparación, muy poco a cultivar tu espíritu. Es preciso que tomes conciencias de ello y corrijas tus intereses equivocados, es decir, aquellas cosas o prácticas que creías que iban a dar satisfacción a tu vida, pero la sabiduría de los años te ha ido demostrando que no son oro sino escoria.
Reflexiona, medita, observa y "reconoce que quemas mucha energía en cosas que no merecen la pena”. Y no dejes de valorar cuánto podrías crecer en interioridad si esas energías las dedicases a construirte adecuadamente.
Octubre 2023
Casto Acedo
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